sábado, junio 07, 2008

No dormir


"No puedo dormir, no soy capaz, no sé, he olvidado el modo. Roto, como la Tierra en este mismo instante. Dibujo con una pierna la diagonal de la cama y el pie asoma por un extremo y pende en el vacío. Ahueco el relleno plumífero de la almohada e imagino a toda una tribu de pájaros desplumados escondiendo su desnudez entre el ramaje de lo que parece una vieja encina. Aunque creo que las aves palmípedas no suelen escalar árboles. No tengo la menor idea de ornitología. La verdad es que soy una auténtica inculta, una inculta voluntariosa, que se fija, que pone ojos como platos ante lo nuevo, que atiende con interés las explicaciones eruditas de los instruidos, que sabe escuchar a los que pretenden comunicarle algo, sea o no relevante... pero no por ello dejo de sorprenderme cada día ante otra revelación de mi supina ignorancia. Quizá ese vertedero de desconocimiento, ese manantial de ceros matemáticos fluyendo en la parte de mi cerebro afecta a la epistemología, se encargue de atorar el mecanismo que desencadena el sueño. Quizá mi no saber se extienda hasta los rudimentos del dormir, del cómo convocar el sueño y los sueños, y la espesura opiácea de la que hablan los demás, el alelamiento sensorial, el abandono físico, quedarte tan inerte que parezca que has pasado a mejor vida para, por la mañana, resucitar milagrosamente, inexplicablemente.
Transito en la oscuridad del dormitorio, del pasillo, del recibidor tenebroso, de la cocina. La nevera abro y una llamarada blanca y fría abrasa la negrura revelando su contenido. Quiebro la tableta de chocolate blanco y cojo uno de los pedazos que han quedado esparcidos sobre el papel de aluminio, como restos flotantes de un iceberg en el plateado mar de Barents. Cruje entre mis dientes el chocolate que desaparece en la oscuridad. Percibo su sabor denso y la manera en que se va fundiendo en la oquedad caliente de mi boca.
Podría encender la luz, no hay nadie más en la casa, no perturbaría el descanso de durmiente alguno; sin embargo, todavía no me he acostumbrado a ello. Aún no ha desaparecido ese aroma extraño del invasor huido, del fugitivo que se ha largado con mi corazón a un país centroamericano cuyo mapa político aparece continuamente entre mis otros pensamientos, como un flash, como uno de esos insertos cartográficos con que en las películas de los años treinta y cuarenta intentaban situar al espectador en la geografía de un lugar que casi siempre resultaba ser africano. Y entonces evoco una imagen de la infancia, los fotogramas de la cabecera de presentación de la serie Bonanza, con un plano ardiendo en cuyo hueco chamuscado iban apareciendo los cabalgantes inquilinos de La Ponderosa. Es curioso el modo en que se engarzan las ideas, se solapan en realidad, porque ¿quién puede percibir rendija alguna entre dos ideas vecinas? ¿quién es capaz de pisar el freno para dejar de pensar, para adherir un poco de nada al final de una visión, de una percepción? Tal imbricación, tal yuxtaposición, semejante fundido-encadenado, apoya la teoría de que sólo la muerte puede aportar ese paréntesis, lapsus incorregible, el sufijo inexistente de la vida irrecuperable.
Al estirarme en el sofá mis músculos dorsales encuentran cierto alivio. Estar gran parte del día de pie y tener dolor de piernas y de espalda. Acarrear objetos pesados, arrastrarlos, y no ser estibador portuario, no tener hiperdesarrollados deltoides ni bíceps ni trapecios y cansarme mucho.
El rumor remoto de vehículos deslizándose por la autopista salpica los silencios de notas metálicas, brechas acústicas en el sigilo, en el mutismo de las cosas. Duele el dolor, más todavía en estas horas en las que la inmovilidad tiene el sentido de la nieve asentada, duele el dolor porque piensas sobre todo en él; lo demás se ha vuelto accesorio desde su adiós y porque en ese segmento nebuloso de doce a siete, la accesoriedad del resto del mundo se duplica, se triplica, se centuplica cruelmente.
Encender la lámpara y no mirar para no comprender el significado insignificante de cuanto me rodea. Apagarla para ser capaz de replegar los párpados del mecánico modo en que ejecutaría el movimiento la visera de un yelmo. Dormir para olvidar y no poder dormir ni olvidar. Clamar contra el infortunio de mi biografía y sólo ver imponerse la pesadez con su gravidez férrea, aplastante y oblicua.
Llegar la luz, la de fuera no la de dentro, y seguir en las mismas, en el borde del acantilado; con la navaja en la garganta; la soga al cuello y el taburete tambaleante; el percutor a dos milímetros de golpear la bala; los neumáticos resbalando en el asfalto helado y el obstáculo de hormigón a punto de devorar la carrocería del coche; la anilla del paracaídas atascada y en el sembrado distinguiéndose ya las motas escarlata de los tomates maduros; hojas de cicuta, ocultas entre la ensalada que acabas de comer, atravesando el esófago camino del estómago; meteorito penetrando en la atmósfera; reactor nuclear irreversiblemente recalentado; necrosis en el miocárdico; calambre en la pierna izquierda y demasiado lejos de la costa; concurso de saltos desde el trampolín de diez metros y la piscina vacía; aterrizando con los dos motores parados y una súbita ráfaga de viento de cola; tres de la madrugada, Times Square, Manhattan; el tigre hace el salto del tigre y el rifle se encasquilla; un rayo se siente atraído por el árbol bajo el que te has refugiado de la lluvia; el temporizador del coche bomba, aparcado tras tu 4L que no arranca, acabando su cuenta atrás; un hacha a tres centímetros de tu cráneo; luciendo esa minifalda que te sienta tan bien por una céntrica avenida de Teherán; jeringuilla bombeando una sobredosis de heroína dentro de la vena; la newtoniana maceta de salvia cayendo desde el piso séptimo sobre la precisa parcela de acera que ocupas; hueso de pollo en la faringe; jogging en un campo minado; cerdo en San Martín; toro en San Isidro; pavo en veinticuatro de diciembre; príncipe de la Tinieblas al alba"

lunes, junio 02, 2008



El miedo nos impide vivir